Ya no hay vuelta atrás (o de cómo nace otro blog sobre traducción)

Blog sobre traducción

Durante muchos años menosprecié los blogs. No entendía qué había de interesante o útil en conocer la opinión de una persona común y corriente sobre algún tema específico sin que dicha opinión pasara por la lija del proceso editorial. Recuerdo la primera vez, hace ya varios años, que mi querido amigo y colega (y gurú) Fernando Campos me recomendó un blog sobre traducción. Recuerdo haberle dicho, con algo de desdén, que no tenía tiempo para esas cosas; que no me parecían útiles. Un poco como cuando me resistí, durante varios años, a comprar mi primer teléfono celular, a comienzos del presente milenio. Un poco como ahora, que me niego a ser un esclavo más del iPhone o de algún otro teléfono «inteligente», como dicen, a sabiendas de que más temprano que tarde, cuando sienta que mi resistencia se convierte ineluctablemente en un acto de voluntario ostracismo, sucumbiré. Probablemente porque la prudencia (y no la cobardía, al menos eso quiero creer) me dicta que los cambios deben ser, en la medida de lo posible, meditados, estructurados y deliberados.

Así deberían ser también, creo yo, los cambios que sufre nuestra pobre lengua. De los vendelenguas (un término que acabo de inventar inspirándome en el concepto de vendepatrias) he oído muchas veces que la lengua evoluciona y no hay nada que hacer al respecto. La primera parte de la afirmación me parece de una obviedad abrumadora y la segunda, de una pereza escandalosa. Creo, como bien expone Álex Grijelmo en su hermosa Defensa apasionada del idioma español, que el español es una lengua ya madura. Y así como no creo en el purismo déspota tampoco creo en la dictadura del uso. Si aceptáramos cabizbajos la interferencia de la lengua hablada en la lengua culta (porque eso es, al fin y al cabo, lo que defienden los adeptos de un supuesto sociolingüismo, confundiendo evolución de la lengua con vulgarización de la lengua escrita), tendríamos que resignarnos a todo tipo de aberración injustificada. Injustificada porque no hay razón para aceptar que se escriba «pienso de que», cuando lo correcto es decir «pienso que» por razones gramaticales muy específicas que no tienen por qué doblegarse ante la tiranía del uso inculto. Tampoco se trata de defender contra viento y marea estructuras o términos anquilosados que han caído en desuso o simplemente ya no sirven para reflejar nuestra realidad. Se trata únicamente de tomar decisiones, armar consenso (pues lo que sostiene la lengua es el consenso entre quienes la hablan), deliberar apoyándonos en la lógica que estructura el lenguaje. Se trata de encauzar la evolución y no luchar contra ella, tarea más bien compleja en el vórtice histórico en el que nos encontramos, protagonistas de la aceleración exponencial de la tecnología, de la cantidad de información generada, de la velocidad a la que circula dicha información.

En este contexto, algunos han vaticinado el advenimiento de la singularidad, lo que para el siconauta y visionario Terence McKenna sería el fin de la Historia (así, con mayúscula): el día en que no quede nada por descubrir, en que todo se sepa y se conozca y los seres humanos estén interconectados en forma permanente y tengan acceso instantáneo a toda la información existente en el mundo. En otras palabras: el día en que ya no haya hacia dónde avanzar. Pero independientemente de las implicaciones metafísicas y las consecuencias de esta evolución, lo único cierto es que la información es cada vez más abundante, circula cada vez más rápido y es cada vez más accesible y consultada por un número creciente de personas. Y cada vez se revisa y se edita menos. Los periódicos prescinden de los correctores en aras de la velocidad; ya no importa que un artículo o una columna tenga errores (muchas veces espantosos) de ortografía, gramática o estilo: lo único que importa es que la información esté disponible cuanto antes. Y si esos errores impiden comprender la información a cabalidad, paciencia. Un amigo y colega periodista que ahora trabaja para Bloomberg una vez me dijo que la gente no necesitaba estar informada: necesitaba tener la ilusión de que estaba informada. Es una sutileza abismal. Y el cantante de una de mis bandas favoritas escribió en 1997, cuando internet recién comenzaba a convertirse en la maravillosa herramienta de información y confusión colectiva que es hoy, unas líneas sublimes, que rezan así: “La red está sobrepoblada de idiotas con acceso gratuito que no tienen nada que hacer todo el día. En consecuencia, es como estar en una biblioteca con veinte millones de personas gritando. Son personas que nunca han follado, y probablemente nunca follarán“. Humberto Heco más tarde dijo algo muy parecido, pero con más decoro.

Mi sospecha era, pues, que muchos de los que escribían blogs podían entrar en esa categoría. Le decía yo a Fernando que en vez de leer o escribir un blog sobre traducción, prefería leer un buen libro, salir a andar en bicicleta o en patines, irme a la playa, beber una copa de vino con un amigo, o, si viene al caso, con un traductor, para hablar de esas cosas de las que probablemente hablaban en los blogs. Sigo creyendo que una buena conversación cara a cara es más provechosa que un intercambio de comentarios en la red, y que si por un lado nuestra carrera hacia la singularidad trae consigo todas las maravillas de la telepatía (muéstrale a un indio bororo cómo te comunicas por Whatsapp y luego intenta explicarle que no es telepatía, a ver qué tanta suerte tienes), también puede tener un efecto sumamente alienante, como bien denuncia este videíto hecho por una conocida marca de bebidas ultraazucaradas. Pero con el tiempo, paciencia y no sin recelo fui descubriendo blogs interesantes y entendiendo que no todo lo que se escribe tiene que pasar por los ojos de un editor avezado cuando el autor es una persona con criterio o, por último, con experiencia en su campo. Con el tiempo me convencí de que leer blogs no era tan nerd ni tan inútil como me había parecido al principio, y que se puede aprender un montón, e incluso pueden ser entretenidos.

Muchas veces empecé a escribir algo para algún blog que algún día crearía, pero siempre terminé desistiendo de la aventura, por modestia, por inseguridad, por tener la sensación de que no tenía nada muy interesante que decir. O que a nadie le interesaría lo que yo iba a tratar de decir. O peor: temiendo caer en esa sobreexposición en la que veo incurrir mucha gente en Facebook y que, llevada al paroxismo, me parece de mal gusto; me daba miedo, y sigo temiendo, empezar a soltar los llamados pedos mentales, hediondos a autocompasión y desahogo. Temía convertir mi blog en un muro de autofusilamiento emocional (como terminó sucediendo con mi cuenta personal de Facebook, hasta que decidí cerrarla). Me sigue pareciendo que mantener un blog es un ejercicio un tanto presuntuoso. ¿Por qué alguien habría de interesarse en lo que yo pienso? ¿Por qué a alguien tendría que serle útil mi experiencia en el mundo de la traducción? No quiero ser uno más de esos veinte millones de idiotas que se pasan el día en internet porque no saben vivir, esos que viven en un sueño dentro del sueño que es la vida (Calderón de la Barca dixit). Pero la verdad de las cosas es que me gusta escribir, por más que me cueste (soy de los que nunca consideran un texto realmente terminado) y me apasiona mi profesión.

Cuando miro a mi alrededor, cuando veo la situación de la traducción en Chile y la mala calidad de la formación que se ofrece en la mayoría de las instituciones académicas del país, cuando reflexiono sobre las malas condiciones laborales de muchos colegas, cuando pienso en la absoluta ignorancia que reina sobre la importancia de la traducción, cuando veo clientes que tratan a los traductores independientes como si fueran sus empleados y desconocen los protocolos básicos de relacionamiento laboral, pienso que quizás mis reflexiones y mi experiencia podrían ser útiles. ¿Cómo no ser un blog más que hable sobre lo mismo que otros miles de blogs? Ni idea. Pero ya está: el blog está creado y la verborragia desatada. No hay vuelta atrás.