Carta abierta a algunos coordinadores de carreras de traducción en Chile

Coordinadores de carreras de traducción en Chile

 

Estimado coordinador:

Te escribo para extenderte una invitación. Una invitación a ser más sincero con los estudiantes que reclutas a la ligera con tal de que paguen el arancel y ayuden a garantizar la solvencia económica de tu institución. Entiendo que hay una probabilidad de 88 % de que tu institución funcione como una empresa —pues ese es el porcentaje de instituciones académicas privadas en Chile—, de ahí que te veas obligado a referirte a tus estudiantes como «clientes», competir con otras instituciones y vender la máxima cantidad posible de matrículas para cerrar el año con cifras azules, con el consiguiente y obvio menoscabo que ello implica para los criterios de selección. Pero eso no impide que tengas sentido ético, seas honesto con tus clientes y les expliques que estudiar traducción no es lo mismo que estudiar idiomas; que de hecho, son cosas muy distintas.

Lo correcto sería disuadirlos de cursar una carrera de traducción si ves que su objetivo es aprender idiomas nuevos, pues equivale a poner la carreta delante del buey y lo más probable es que, al terminar el ciclo, su carreta, digo, su carrera avance poco o nada. Convengamos que lo más probable es que tus estudiantes salgan sin haber aprendido bien esos idiomas que esperaban hablar de corrido y tengan que reconocer que, tras estudiar dos, tres o hasta cuatro años y pagar varios millones de pesos que ahora no tienen cómo reembolsar al banco, no se han convertido en traductores profesionales y no logren encontrar un trabajo digno.

Si crees en tu misión y realmente tienes ganas de formar traductores, hay que ser valiente y explicar que se estudia traducción para aprender a traducir, no para aprender un idioma. El idioma hay que conocerlo de antes, y bien. Hay que parar de engañar a los chicos con que pueden entrar a estudiar japonés por primera vez en su vida y que al cabo de cinco años serán capaces de traducirlo. Es más: en mi humilde e indignada opinión hay que poner fin a esa farsa llamada Técnico en Traducción (sí, leíste bien, caro colega, y haces bien en poner esa cara de gato electrocutado: técnico en traducción), que, según anuncias vistosamente en el sitio web de tu institución, al cabo de dos años (sí, dos años) garantiza una promisoria carrera en una organización internacional o una prestigiosa multinacional del área de las telecomunicaciones, las industrias extractivas, el sector farmacéutico o incluso, quién sabe dentro de poco, de los viajes intergalácticos. O que, en el peor de los casos, les permitirá desempeñarse como consultores en traducción. Francamente no sé qué significa eso. A lo mejor carezco de la imaginación de un técnico en traducción.

En las verdaderas carreras de traducción, primero que nada les explican a los chicos que no les van a enseñar idiomas, pues los idiomas son su herramienta, y el objetivo de la escuela de traducción no es proporcionarles esas herramientas, sino enseñarles a usarlas para traducir. Tras dejarles esto bien claro, les hacen rendir varias pruebas para ver a) si realmente entienden bien los idiomas que van a traducir y b) si son capaces de expresarse en forma adecuada en el idioma al que van a traducir, es decir, con un vocabulario razonablemente amplio, con buena redacción, buena ortografía y buenos conocimientos de la gramática y la sintaxis de su propia lengua.

Para lo primero, lo ideal (aunque no sea un criterio sine qua non) es haber vivido algunos meses (cuando menos) en un país que tenga como lengua oficial el idioma que van a aprender a traducir, pues es la única forma de que aprehendan a cabalidad los matices idiosincrásicos y lingüísticos que hacen la riqueza del idioma. Para lo segundo, tienen que haber tenido una educación primaria y secundaria de buen nivel y haber leído mucho y seguir leyendo mucho —y no lo que se publica en los diarios de tu país (que no son precisamente adalides de la higiene ortográfica, gramatical y sintáctica), sino literatura—. Esto es apenas lo básico, pues en las buenas carreras de traducción también se aprenden muchas cosas que requieren otras cualidades y aptitudes, como una curiosidad insaciable, ganas de aprender cosas nuevas todos los días y sentido común, por mencionar algunas.

Ahora te invito a hacer un examen de conciencia: ¿les has explicado todo esto a tus nuevos estudiantes? Digamos la verdad: hace ya algunos años uno de ustedes quiso contratarme como profesor de traducción (por un sueldo irrisorio, sea dicho de paso) y tuvo la franqueza de decirme que no esperara mucho de mis futuros estudiantes: que eran personas reacias a la lectura, que se lamentaban de tener que escribir y que necesitaban sacar el título rápido para encontrar trabajo u optar a un modesto ascenso en su empresa. En esas condiciones, paso; gracias. Tíldame de proselitista o idealista si quieres, lo asumo con orgullo. Pero que quede claro: que esas personas busquen estudiar traducción me parece loable, lo triste es que tú les vendas la carrera como algo que en realidad no es y que no debería ser.

Probablemente mi postura se base en criterios que le cierran la puerta a mucha gente, sobre todo en un país tan desigual como Chile; al fin y al cabo, no todo universitario tiene la posibilidad de cruzar la frontera o pudo aprender otro idioma desde joven. Pero querer estudiar traducción sin conocer bien los idiomas que se pretende traducir es como meterse a un curso de buceo nocturno sin saber nadar. Lo siento, pero para aprender a bucear hay que haber aprendido a nadar primero. Y a nadar bien. ¿Proselitismo? No: sentido común.

En mis tiempos de universitario alguien tuvo la sapiencia de explicarme que lo más valioso de mi formación era que me convertiría en un ser humano íntegro. Por desgracia, la educación superior chilena no está pensada para formar personas íntegras, pues la prioridad es fabricar mano de obra, ojalá barata. En cuanto a la traducción, acaso una de las pocas formaciones decentes sea el magíster de la Universidad Católica, que por algo no tiene pregrado en traducción y está destinado a quienes ya poseen cierto nivel académico y, por lo tanto, tienen probabilidades reales de convertirse en buenos profesionales y salir adelante. Estamos en un país donde la gente lee poco y los libros, al estar sujetos al IVA, son bienes de lujo. Un país donde los aspirantes a traductores entran a los foros de internet a vociferar torpemente sus frustraciones y aprensiones laborales tras haber sido acogidos por tu institución sin cumplir los requisitos básicos con tal de que pudieran costear la carrera. En fin: un país donde se espera que las carretas avancen sin los bueyes, y tú te encargas de vender las carretas. Sin los bueyes.