Consejos para el estudiante de traducción en el siglo XXI

El mercado laboral es implacable y el tránsito desde la condición de estudiante hacia la condición de trabajador o profesional independiente es un proceso lleno de desafíos. Uno de los primeros descubrimientos dolorosos en este cambio de escenario es que el mundo del trabajo no suele dar segundas oportunidades. Después se aprende que una primera mala impresión es casi imposible de revertir, que la falta de iniciativa se castiga más severamente que la impuntualidad, que el reconocimiento de los méritos y logros es escaso, que los superiores exigen más de lo que entregan, que el ocio y, a veces, incluso la creatividad, es algo mal visto. Las expectativas son altas y la competencia es fiera, sobre todo en nuestro rubro.

En resumen, el mundo del trabajo es muy diferente de aquel que se deja atrás al momento de graduarse. Siendo estudiante todavía se pueden cometer errores sin consecuencias. Hay segundas, y hasta terceras, oportunidades. Los profesores entregan más de lo que exigen. Hay espacio para el ocio y la creatividad. Cada logro o mérito es reconocido y la competencia es consigo mismo, más que con el que está al lado.

Nada de esto suena muy alentador, pero una vez que uno logra adaptarse a las condiciones del mundo del trabajo, no tarda en darse cuenta de las oportunidades que se le abren para prosperar. Para empezar, una buena forma de enfrentar las dificultades del mercado laboral es adoptar algunas de las conductas que caracterizan la empleabilidad y el profesionalismo. 

Puntualidad, lealtad y cordialidad

La puntualidad es una de ellas. Si bien este no es un rasgo que destaque en nuestra cultura, no debemos olvidar que los traductores nos movemos entreculturas, y cuando nos relacionamos con clientes, empleadores o profesionales, sobre todo del hemisferio norte, debemos tener presente que para algunas de estas personas la impuntualidad demuestra una enorme falta de respeto.

Otro rasgo importante es la lealtad. Es seguro que en nuestra carrera profesional nos encontraremos con malos clientes, malos empleadores, colegas de bajo nivel y proveedores que nos pondrán en dificultades para cumplir nuestros compromisos. Sin embargo, quejarse de un exempleador durante una entrevista de trabajo o hablar mal de un colega ante un cliente al que estamos tratando de vender nuestros servicios dice más sobre nosotros que sobre la persona o empresa que intentamos desprestigiar. Si lo que queremos es destacar nuestras virtudes, lo lógico es enfocar nuestra energía en demostrarlas. Si lo que queremos es evitarle a nuestro cliente o empleador una mala experiencia, debemos ser enfáticos en nuestros rasgos diferenciadores. No debemos subestimar la capacidad de nuestros clientes o empleadores de reconocer a un buen proveedor o candidato cuando lo tienen en frente. Si, pese a nuestros esfuerzos, aquel sigue prefiriendo lo que a nuestro juicio no le conviene, significa que ese proyecto o empleo simplemente no era para nosotros.

Un rasgo que facilita desenvolverse en el mundo del trabajo es la buena disposición y la cordialidad. Con buena disposición y cordialidad creamos un ambiente propicio para hacer negocios, para ganarnos la confianza de los clientes y para dejar una buena impresión en nuestros colegas y superiores. No debe confundirse esto con la obsecuencia. Para quienes no conozcan esta palabra, la obsecuencia se define como aquel rasgo de extrema amabilidad, condescendencia o sumisión hacia alguien, sumado a cierta incapacidad para discernir por cuenta propia. Cada vez más el trabajador obsecuente, reactivo y temeroso del cambio está siendo reemplazado por un tipo de trabajador más audaz, proactivo y adaptable, que no teme asumir responsabilidades o adquirir competencias nuevas. 

El mercado

Nuestro campo laboral es pequeño, acotado a un puñado de agencias y a un reducido número de empresas que emplea directamente a traductores o intérpretes. Es necesario decir que los estándares laborales de algunas agencias son bajos y el exceso de oferta de profesionales recién titulados, con poca experiencia y pocos contactos, contribuye al aprovechamiento de algunos «emprendedores» que ven una oportunidad en las debilidades de nuestro mercado.

Lo ideal sería explorar oportunidades laborales fuera de las agencias, en entornos competitivos, donde sea posible aprender a defenderse de embaucadores y desarrollar habilidades de negociación. Sin embargo, encontrar un buen empleo como traductor o intérprete que otorgue un buen sueldo, beneficios, seguro médico y vacaciones pagadas es algo que, en nuestro mercado, está reservado a unos pocos afortunados, que suelen ser profesionales con algunos años de experiencia y buenas redes. Para los demás, incluso los empleos mediocres son escasos. Ante esto, necesitamos tener una mirada más amplia y no despreciar un empleo en otro rubro, donde las competencias de un traductor o intérprete sean atractivas, aunque las características del empleo no tengan que ver necesariamente con aquello que aprendimos a hacer. También es una posibilidad iniciarse en el ejercicio libre de la profesión, es decir, convertirse en freelance, aunque quien empieza como tal inmediatamente después de graduarse tendrá una curva de aprendizaje mayor y un camino más difícil que recorrer para alcanzar la prosperidad. Estas alternativas no son excluyentes. De hecho, muchos colegas combinan trabajos ocasionales de traducción e interpretación con algún trabajo más estable en docencia, en puestos administrativos, en el turismo o en el sector de servicios.

Otro elemento a considerar es la posibilidad de estudiar una segunda carrera. En décadas anteriores, cuando la oferta académica para convertirse en traductor e intérprete era más limitada y la mayoría de los profesionales se habían formado en el oficio, no era extraño encontrar todo tipo de profesionales como ingenieros, biólogos, periodistas, escritores o médicos que también eran traductores. Tener un segundo título nos pone en ventaja frente a otros colegas, ya que adquirimos competencias en una disciplina específica que nos permite desarrollar una especialidad como traductores o intérpretes, pero sobre todo aumenta nuestras posibilidades de encontrar un empleo estable o un nicho de negocios que explotar.

Traducción automática

La amenaza de la automatización se cierne sobre nuestras cabezas. La inteligencia artificial podría ser capaz de reemplazar ya no solo a los trabajos mecánicos, sino también a los intelectuales. La traducción automática ha dado un salto cualitativo en el último par de años con el advenimiento de las redes neuronales y el aprendizaje profundo. ¿Los traductores debemos temer por nuestro futuro? ¿Nos reemplazarán las máquinas? No lo creo.

Desde la antigüedad, los traductores hemos sido resilientes y capaces de utilizar a nuestro favor las ventajas que nos ha entregado el desarrollo tecnológico. En las últimas décadas, el énfasis del cambio tecnológico ha estado puesto en aumentar la productividad, automatizar tareas repetitivas y asegurar calidad. Es probable que pronto no sea necesario emplear a una persona para ejecutar traducciones predecibles o de textos con contenido simple y directo, pero no tenemos que ver en esto necesariamente una amenaza. El hecho de poder apartarnos de las tareas propias de un escribano o «antena repetidora» y acercarnos a lo que podríamos considerar más propio de la consultoría o asesoría en lengua y cultura es, de hecho, una excelente oportunidad de desarrollo profesional. (Aprovecho de compartir con ustedes una reflexión que hace Andrew McAfee, economista del MIT: «¿Cómo afectarán las máquinas inteligentes a nuestros puestos de trabajo?»)

Los traductores e intérpretes contamos con una ventaja frente a otros profesionales cuando se trata de mantenernos a la par del cambio tecnológico: tenemos desarrolladas habilidades de investigación y adquisición de conocimiento nuevo. Esto nos abre la puerta para entender el funcionamiento de la tecnología que está a nuestro servicio y así tener la capacidad de juzgar mejor su utilidad y adecuación a los fines que nos proponemos o que nos exige el trabajo que necesitamos desarrollar para nuestros clientes.

Lo mismo puede decirse sobre la evolución de la gramática y las preferencias estilísticas. Conocer el abanico de normas ortográficas y gramaticales o las distintas preferencias de vocabulario del ámbito específico en el que se está trabajando o el estilo particular en que se expresan o escriben nuestros clientes en sus respectivas disciplinas nos entrega mejores argumentos para tomar decisiones con respecto al uso que consideraremos correcto o adecuado en el contexto en que estamos trabajando.

Defender nuestra profesión

Circula, entre algunos colegas y actores del mercado, cierto discurso que relativiza la importancia de la calidad en las traducciones. Esto parece hacerse con la intención de justificar el bajo precio por el que se vende muchas veces nuestro trabajo. El problema con este discurso y con esta práctica es doble: el primero, es que nuestro trabajo cumple una función. Por ejemplo, una empresa que está publicando sus resultados financieros del trimestre no puede darse el lujo de que una cifra esté mal puesta o de que una declaración sobre la marcha del negocio se preste para segundas interpretaciones. El segundo problema es que, como todo profesional, pero sobre todo como las personas que encarnamos uno de los oficios más antiguos y más importantes para la preservación y difusión de la cultura, tenemos una obligación como colectivo de procurar una mejora continua de nuestra reputación en la sociedad y de las condiciones en las que desarrollamos nuestro trabajo. No está de más recordar que el oficio de intérprete existe desde la primera vez que dos culturas se pusieron en contacto y el de traductor se puede trazar hasta la invención de la escritura. Cada uno de nosotros, en sus relaciones con colegas, con proveedores, con clientes y empleadores, es responsable de poner en valor nuestra profesión. A veces nos cuesta verlo, pero somos parte de una comunidad y nos debemos a esta.