Crónica del paso de un pelotudo elitista por la ESIT

ESIT

 

«Los verdaderos bilingües, los que crecieron hablando dos idiomas, suelen ser traductores mediocres. No llegan a profundizar ninguna de las dos lenguas y, sobre todo, sufren muchas interferencias de una sobre la otra, en los dos sentidos. Lo vemos muy a menudo con los estudiantes polacos que vienen a estudiar traducción hacia el ruso…». Esto fue lo primero que escuché en los pasillos de la ESIT el día que fui a inscribirme a los exámenes de admisión. Corría el año 2001 y este —por entonces— joven servidor acababa de egresar de la carrera de Lenguas Aplicadas de la Universidad París III.

La Escuela Superior de Intérpretes y Traductores de París (ESIT), supuestamente conocida a nivel mundial por ser una de las primeras escuelas de traducción y fundadora de la Teoría del Sentido (o Teoría Interpretativa), desarrollada a partir de estudios sobre los procesos cognitivos de los intérpretes de conferencias, extrañamente ocupaba un pasillo de la Universidad París Dauphine, especializada en economía, derecho y ciencias políticas, en un edificio que otrora fuera sede de la OTAN y que terminara siendo ocupado por profesores y estudiantes en aquel emblemático año de 1968.

Confieso que la primera impresión me heló la espina dorsal: no la perspectiva de estudiar en un antiguo edificio militar, sino lo que escuché de una profesora de tan insigne institución cuya postura radical sobre el bilingüismo y la traducción amenazaba con volverse un problema para mí. A fin de cuentas, ¿cómo justificar allí la presencia de un pseudobrasileño chilenizado que había sido alfabetizado en francés, era (y sigue siendo) incapaz de escribir correctamente una frase en portugués —por más que lo hable con fluidez— y siempre se había sentido mucho más atraído por el español? (La culpa la tiene en buena parte Cortázar, maldito cronopio.) Estaba a punto de convertirme en el conejillo de indias de un experimento que, según me enteraba (y volví a escuchar varias veces en los tres años siguientes), estaba destinado al fracaso. «¿Qué te sientes, al final? ¿Brasileño, chileno, francés…?». Debo haber escuchado esa pregunta desagradable decenas de veces, y en ese entonces, si realmente estaba obligado a responder, habría dicho que ignoraba la respuesta. Posteriormente, y hasta hace algunos años, me acostumbré a decir que era un ciudadano del mundo; un latinoamericano ante todo. Y ahora diría que me importa un comino y que para mí no hay cosa más desagradable y mezquina que el patrioterismo, antesala obligatoria de las diversas expresiones del fascismo.

Por suerte la ESIT tiene esa cualidad distintiva de las instituciones académicas de excelencia que estriba en la calidad de sus recursos humanos: profesores que supieron confiar en la capacidad y la voluntad de este bastardo del mundo y dejar de interrogarse acerca de ese apellido terminado en s y no en z, como debía ser en el caso de un estudiante que aspiraba a convertirse en traductor profesional al español. Profesores que estaban allí ante todo por amor al arte y transmitían sus conocimientos con una pasión incuestionable, incluso aquella señora que en nuestro primer día de clase lo primero que hizo al entrar a la sala fue espetarnos con voz chillona: «¿Por qué decidieron estudiar traducción? Noooooo, no, no, no, el mundo de la traducción está muy mal. ¡Muuuuy mal! No estudien traducción, chicos, ¡mejor abran un restaurante!». Primer día de clases…

Afortunadamente, después de este preludio pesimista fuimos descubriendo profesores absolutamente apasionados por el oficio. Uno de ellos era el autor de una de las traducciones galas de Alicia en el país de las maravillas y nos hizo una clase magistral de casi dos horas solo sobre los problemas de traducción de la primera página de la obra, que a todas luces daba para muchas horas más. Otros lograron que nos interesáramos por mundos cuya existencia siquiera sospechábamos y nos obligaron a acudir a exposiciones y conferencias sobre las más diversas áreas del conocimiento humano (en una de esas exposiciones me enteré, por ejemplo, de que los grandes productores de huevos de gallina hacen estudios de mercado para determinar el color de yema favorito en cada país, matiz que obviamente se esmeran en simular usando colorantes y tarjetas de muestras de colores que tuve la oportunidad de ver con mis propios ojos).

Todo el despliegue de conocimiento del que fuimos depositarios contrastaba con salas más bien austeras, de sillas simples y no siempre muy cómodas, como suele haber en instituciones públicas donde la calidad de la enseñanza habla por sí sola y no se busca suplir la mediocridad con el disfraz de la tecnología, los pasillos resplandecientes y los avisos publicitarios llamativos. Recuerdo, por ejemplo, a una amiga que se había ido de intercambio a la ESIT con el entusiasmo del peregrino, pues nuestra escuela se jactaba de ser la meca de los traductores. Cuál no fue su decepción al depararse con ese lugar tan vetusto y dotado de una biblioteca escuálida, donde la sala de computadoras con suerte tenía unos diez equipos obsoletos y las pruebas se hacían a la antigua, con lápiz y papel, sin derecho a diccionarios ni mucho menos internet, que en ese tiempo rivalizaba con los teléfonos en el uso de las líneas. Para una suiza matriculada en la ETI (rebautizada FTI en 2011: Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Ginebra), cuyas instalaciones, según contaba, eran dignas de una película de Kubrick, Crónica del paso de un pelotudo elitista por la ESIT - Filigrana Traducciones

el contraste era fuerte, máxime cuando a lo antedicho se sumaba el trato no siempre amable del sistema educativo francés. Trato del que fui víctima, por ejemplo, el día que fracasé estrepitosamente en el examen de ingreso a la carrera de Interpretación de Conferencias y que aún recuerdo como una de las experiencias más humillantes de mi vida.

En la ESIT estaban terminantemente prohibidos los errores de ortografía y los queísmos, dequeísmos y demás solecismos. Era mal visto usar implementar por ser un calco, ya que podíamos decir adoptar, y había una seria de términos proscritos como globalización, concepto que los franceses habían resuelto mucho mejor hablando de mondialisation y que cabía a nosotros la estoica tarea de perpetuar en su variante más sensata y próxima a la que habían elegido los terminólogos franceses: dígase, pues, mundialización. De más está decir que perdimos la batalla, aunque lo cierto es que optar por mundialización nos habría ahorrado muchos dolores de cabeza y varios de los sinsentidos divulgados por las plumas perezosas de quienes traducen a rajatabla global por global sin darse cuenta de que a veces significa internacional, otras veces es mundial y otras veces holístico o abarcador, como ya he escrito por ahí.

Mirando hacia atrás creo que lo más enriquecedor era esa mezcla de seriedad y formalismo y el trato, aunque severo, profundamente humano y cercano que recibimos de los profesores; al menos los hispanohablantes, que tuvimos profesores de Argentina, Perú, España y hasta Chile. Jamás olvidaré esa mañana en que traducíamos un texto técnico de la industria automotriz y nadie sabía cómo se llamaba esa cosa que nos sujeta la cabeza para impedir que nos trituremos el pescuezo en caso de choque frontal. Tras varios minutos de reflexión y desaciertos, mal hubo la profesora terminado de decirnos que era tan simple como apoyacabezas que Fernando ya había levantado el dedo y empezaba a decir con marcado acento español «que no hay que confundir con la cabeza de la polla, por supuesto». La profesora tardó unos quince minutos en reponerse de su propia risa. Y aquel excelente profesor de inglés comercial, bonachón como pocos, que durante un cóctel de despedida, vaso en mano y con las mejillas coloradas, nos comentó que lo que más le gustaba de la profesión era todo lo que aprendía sobre los temas más variopintos, y que haber hecho traducciones para una reconocida marca de cosméticos había contribuido en forma considerable a revertir su suerte con las mujeres. Conversamos largo rato sobre música y me contó que en los años sesenta había ido al concierto de una joven y desconocida banda en una antigua plataforma giratoria de ferrocarriles, en un pueblito en las afueras de Londres… una banda llamada Pink Floyd. Era un ser fantástico; hasta para insultar a Margaret Thatcher sonreía.

Y lo mejor de todo es que la ESIT es gratis… o casi. Como todo establecimiento educativo francés, había que pagar una matrícula irrisoria que ayudaba a cubrir los gastos administrativos y el material didáctico que se proporcionaba al estudiante. La ESIT, por tratarse de una institución de posgrado, era un poquito más cara que una carrera de grado, pero la matrícula anual costaba menos de lo que paga un estudiante universitario en Chile por un mes de clases, con lo cual vivir y estudiar en Francia salía casi más barato que en Chile. Algo que probablemente no entendió el colega que me tildó de «pelotudo elitista» en un foro tras leer mi Carta abierta a los coordinadores de algunas carreras de traducción en Chile. Ahora bien, que sea gratis no significa que puede entrar cualquier persona interesada en estudiar idiomas, sino quienes están preparados para seguir una carrera de traducción, a diferencia de lo que sucede por estas latitudes, donde obtiene un título quien pueda pagarlo. Algo que tampoco entienden quienes confunden selección con segregación social y creen que poniendo fin a los procesos de selección en las entidades de prestigio lograrán una educación más equitativa.

Quienquiera que tenga dos dedos de frente entiende por qué es fundamental para el desarrollo de un país tener un sistema de educación universal (entiéndase gratuito) y de calidad, y que para eso hay que remontarse más allá del huevo de la gallina y lograr construir un sistema donde los profesores sean los mejores profesionales de la sociedad, tengan vocación docente y gocen de excelentes sueldos. Es mero sentido común. (Y el que no haya visto The Finland phenomenon que pare de leer inmediatamente y pinche en el enlace.) Un sistema donde los profesores sepan hablar y escribir correctamente (es como básico, ¿o no?) y hayan sido seleccionados entre los mejores de su generación. Defender una selección rigurosa no es hacer proselitismo, sino velar por el prestigio de la profesión, proteger la dignidad de los estudiantes y garantizar condiciones laborales decentes para quienes aspiran a convertirse en profesionales. Es, en el caso de la traducción, evitar que sigan estafando a estudiantes que pagan varios millones de pesos para luego darse cuenta de que el mercado de la traducción prácticamente no ofrece perspectivas de estabilidad laboral, y menos a quienes son incapaces de poner una sola tilde correcta en lo que escriben.

En la ESIT, el proceso de admisión consiste en dos etapas: primero hay un examen de admisibilidad («pruebas escritas en francés, independientemente de la lengua materna del candidato, para evaluar su capacidad de análisis y de síntesis, así como de razonamiento lógico») y quienes lo aprueben son luego invitados a rendir las pruebas de admisión:

El objetivo de estas pruebas es evaluar el dominio de las lenguas de trabajo y de la lengua materna. Son pruebas de comprensión, expresión escrita y traducción que se llevan a cabo en un día y se hacen de la lengua A [la lengua materna] hacia la lengua B, de la B hacia la A y de la C hacia la A. Dos de ellas consisten en realizar, a partir de textos generales en lengua B y C, una síntesis en la lengua A y traducir un fragmento del texto hacia la lengua A. La tercera parte de la prueba está orientada a comprobar la capacidad de expresión en la lengua B.

En otras palabras: primero se cercioran de que el futuro cirujano tenga buen pulso. Los que pasen la prueba aprenderán a operar.

En la ESIT aprendí a despegarme del texto original y no entramparme en los problemas ilusorios que frenan a quienes buscan traducir palabras o frases y no textos. Aprendí a investigar y a tener criterio para discernir la información útil y buscar la mejor forma de entregar el mensaje adecuado en función del contexto y del objetivo del texto. A leer y releer y dudar de todo lo que escribo y traduzco. No fueron años fáciles. París es una ciudad encantadora para el turista culto y adinerado pero fría y solitaria para el estudiante extranjero con mesada. Como decía el cronopio aquél, las nekias de ahora (un ahora que sigue vigente cincuenta años más tarde) son un viaje en el metro a las seis de la mañana o ir a renovar la carte de séjour en la oficina de extranjería (misión por entonces sisífica que una vez significó hacer fila a las cinco de la mañana para poder pasar con el primer grupo, que empezaba a ingresar a las ocho, cuando abrían las puertas, y con un poco de suerte ser atendido antes del mediodía). También Bryce Echeñique, en su Guía triste de París, nos da un atisbo de lo compleja que puede ser la existencia en esa ciudad. ¿Vivió seis años en París y encima se queja? Hay que ser demasiado pelotudo y demasiado elitista, ¿no? No: si algo me ha enseñado esta vida de patiperro es que el Cielo y el Infierno lo llevamos dentro, adonde quiera que vayamos. Todos los lugares tienen sus pros y sus contras, y quizá la magia no esté en lograr ver el vaso medio lleno ni medio vacío, sino mirarlo con sed. Salud por la ESIT.