De cuentos que me apasionaron y traducciones que me decepcionaron

Miro por la ventana el cielo plomizo y de algún lado del inconsciente aflora el recuerdo de las antologías de cuentos reunidos por Sabato, en particular la primera, Cuentos que me apasionaron. Recuerdo mi desazón al leer, si no me equivoco, el cuento de Dostoievski, esa extrañeza que me provocó el estilo inusual al que me vi enfrentado, yo que desconocía por completo, y sigo desconociendo, la literatura rusa. Es muy probable que estas reflexiones estén influenciadas por mi reciente intento por aprender alemán, que, al igual que el inglés, requiere la repetición del pronombre en el modo dativo: un simple ¡sígame! pasa a ser folgen Sie mir (‘siga usted a mí’). Y lo que me perturbó del cuento de Dostoievski fue, entre otras cosas, precisamente la repetición del usted, que durante varias páginas interpreté como un exceso de deferencia que, en realidad, en español no expresaríamos de esa forma.

 

Cuentos que me apasionaron - Ernesto Sabato

 

Traducción y exotización del texto

Lejos de mí, en este caso, emitir una crítica al autor de tan noble ejercicio intelectual. Como no hablo ruso, desconozco los mecanismos traductológicos involucrados en la tarea de trasvasar al español una lengua tan diferente de la nuestra. ¿De ahí que eso justifique un estilo que parezca raro para el lector hispanohablante y haga tropezar la lectura? No lo sé. No estoy seguro… y a priori diría que no. He tenido esta discusión con algunos colegas y soy consciente de la existencia de corrientes traductológicas que defienden la exotización del texto: si el texto es extranjero, escrito originalmente en una lengua muy distante (y por lo tanto estructuralmente y semánticamente muy diferente) de la nuestra, eso puede, o incluso debe, sentirse en la traducción. Apropiarse demasiado el texto se percibe casi como una violación del espacio íntimo del autor, como si el traductor tuviera el derecho a expresar su sentir pero no a ponerse en su piel y transmitírnoslo con su propia mirada.

Entiendo hasta cierto punto este raciocinio y puedo llegar a valorar y aceptar su aporte, pero la verdad es que espero otra cosa de una traducción, y no me queda otra que concordar plenamente con las críticas formuladas en este excelente texto publicado en la revista Panacea: «Cuentos que entusiasmaron a Sabato, o las tribulaciones del traductor como lector». Para mí es muy simple: si leo a un autor ruso no quiero tener la impresión de que sus personajes son seres casi extravagantes por la forma enrevesada en la que se expresan, sino sentir lo mismo que sintió el lector ruso, y estoy convencido de que esa es la misión del traductor —como ya dije en otras entradas—, donde prima la función pragmática de la comunicación: producir el mismo efecto en el lector de llegada, esa obsesión transformada en mantra por los profesores de la Escuela Superior de Intérpretes y Traductores de París (ESIT). Por lo demás, los paisajes blancos, las noches húmedas y heladas y los diálogos secos y tormentosos tiñen de suficiente exotismo el texto de un Dostoievski.
 

Lo que espero de una traducción: derramar la misma lágrima

Volvemos a nuestra piedra filosofal, aquella que obliga al tradutore a ser un traditore, pues tender ese puente entre mundos tan distintos es casi imposible. A lo más ponemos una soga y el que se aventure resbalará y caerá más de una vez. El de la traducción no es un precipicio mortal, acaso una zanja de algunos metros acolchada por una cama de referencias culturales y literarias que le permitirán seguir avanzando por la cuerda floja y llegar a destino más o menos ileso. Es imposible saber si pudo derramar las mismas lágrimas que el lector ruso, aunque un análisis traductológico permitiría determinar si soltó una risa cuando no debía. Desde luego no se trata de transformar las plazas frías y nevadas de un pueblo ruso en una selva tropical para que el lector paraguayo se sienta a sus anchas, sino hablarle como corresponde para que, ojalá, derrame aquella misma lágrima en el momento oportuno.

Miro nuevamente por la ventana y veo caer los primeros copos de nieve, que traen con fuerza el recuerdo cristalizado de otro cuento incluido en la pequeña antología recopilada por Sabato, titulado «Encender un fuego», de Jack London. Curiosamente, al contrario del cuento de Dostoievski, titulado «Noches blancas» por transcurrir durante un solsticio de verano, época en la que en San Petersburgo el sol prácticamente no descansa, el de London narra la historia de un hombre que viaja a pie por un sendero nevado en pleno invierno polar, acostumbrado a la falta de sol, pues «habían pasado ya unos cuantos días desde que lo viera por última vez, y sabía que habrían de pasar muchos más antes de que el alentador astro se asomara apenas sobre la línea del horizonte para desaparecer inmediatamente de la vista». Un poco como hoy, donde releo con gusto este cuento, aliviado por tener ante mí una traducción bastante buena, que no me distancia sobremanera del personaje, como en el cuento de Dostoievski, sino que me acerca a él. Con él lamento la falta de sol, con él camino por la nieve mientras siento los huesos entumecerse, los músculos que van cediendo y el frío intenso que nos hunde irremediablemente en «el sueño más tranquilo y agradable que había disfrutado en toda su vida». Con él suelto el último suspiro y vuelvo a ser polvo de estrellas. Y eso, precisamente, es lo que espero de una traducción.

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