Lo que no te dijeron cuando te enseñaron a traducir

Te enseñaron a tener cuidado con la sintaxis y a transformar voces pasivas inglesas en voces activas para obtener un resultado más natural para el lector hispanoahablante. Te hicieron olfatear, saborear y manosear esas palabritas similares pero de sentido insospechadamente distinto o hasta opuesto al de su hermana española, esa que parece amiga pero en realidad no lo es. El famoso e indeseable cognado. Como el desafortunado ignorar, que para nosotros no es más que desconocer algo, mientras que el gringo dice ignore cuando quiere hacer caso omiso, pasar por alto o incluso ningunear, ese neologismo tan nuestro y tan práctico (y tan ninguneado), como bien subraya Álex Grijelmo en su hermosa Defensa apasionada del idioma español.

Te dijeron que finalmente denota expectación y no equivale al llano finally que cierra una enumeración, y que en este caso había que usar por último. Te dijeron que las evidences de los policías y tribunales son pruebas y que una evidencia, por ser algo evidente, no necesita pruebas para ser demostrado, con lo cual no puede ser equivalente a la evidence recogida en la labor policial anglosajona. Te dijeron que algo significativo no era necesariamente algo de proporciones, sino algo que tiene sentido, o que puede ser indicio de otra cosa. En fin: algo que significa, mientras que significative muchas veces puede significar, que valga la redundancia, ‘considerable’, ‘de proporciones’. Te dijeron que consistency muchas veces equivale a coherencia, o incluso a coincidencia, como en este fragmento que acabas de leer en el fascinante libro DMT: The spirit molecule: «There were surprising and remarkable consistencies among volunteers’ reports of contact with nonmaterial beings».

Te dijeron que un potential outcome es un resultado posible y que tuvieras cuidado con los potenciales y las potencialidades. Te dieron las herramientas y el discernimiento para comprender por qué alrededor del mundo equivale a estar en órbita y que around the world significa otra cosa. Te hicieron ver que en español no repetimos los pronombres como en inglés y que hay una diferencia abismal entre decir «te dije que sí» y «yo te dije que sí [y no otra persona]», mientras que el anglosajón siempre tiene que poner el ego por delante con su reiterado «I». En contrapartida, te ayudaron a ver que en inglés se prescinde del artículo definido para hacer generalizaciones y que en el caso de «scientists believe» conviene perfectamente escribir «los científicos creen», y todo lector mínimamente atento entenderá que no son necesariamente todos y cada uno de los científicos del universo, y que empezar una frase con «científicos creen…» suena tan poco natural como amenazar a alguien con patearle el trasero. Te dijeron que ordenar significa ‘poner orden’ y que lo que se hace en un restaurante es pedir comida, y que los estudios no encuentran determinados fenómenos sino que los revelan o demuestran.

Te dijeron que el mercado de la traducción no es fácil; que es muy competitivo porque muchos se decretaban traductores freelance de la noche a la mañana e irrumpían en el mercado cobrando menos. Te dijeron que, como en cualquier profesión, para los buenos siempre habrá lugar. Te explicaron que las agencias pagan poco pero son una fuente de ingresos más segura —al menos al principio— que lanzarse al mercado en pañales y tratar de conseguir clientes directos. Esos vienen con el tiempo, y con el tiempo vas aprendiendo el arte de conquistar y fidelizar clientes. Te dijeron, probablemente sin la vehemencia que merecía, que ser buena persona y saber relacionarse con el prójimo tanto por escrito como por teléfono y en persona es tan importante como saber traducir. Nadie quiere trabajar con una persona antipática o que carezca de tacto.

Nada de esto importa por el mero hecho de que te lo hayan dicho, sino porque te convencieron, y no poco. Porque ahora lo defiendes y hay días en los que te sientes un poco solo. Porque hiciste uso de la razón y entendiste por qué ciertas cosas son así y no asá, y te diste cuenta de que las reglas casi nunca son antojadizas, sino que se sustentan en una serie de razones muy lógicas y fundadas. Cobraste conciencia de la norma que rige el uso que deforma la norma sin la cual no habría uso. Entendiste que en una lengua cabe un mundo y que ese mundo es distinto del mundo creado por otra lengua. En fin; te convencieron y ahora tienes que defenderte porque sabes la cantidad de trabajo, pasión y tiempo que te ha costado aprender todo esto.

Lo que no te dijeron fue que quince años más tarde nada de esto importaría demasiado porque el hablante común lo habría olvidado y los estudiosos con posgrados en el extranjero estarían publicando su producción científica en una nueva lengua. Ya no serían simplemente malas traducciones. Y es que la lengua evoluciona, y eso no te lo dijeron, al menos no a tiempo, y cuando te enteraste ya empezaba a ser un poco tarde. Tampoco te dijeron que vivir en órbita sería un corolario de la globalización y que la eficacia desaparecería ante la avasalladora preferencia por la efectividad, más próxima de su hermana anglosajona.

No te dijeron que Google Translate se alimentaría de millones de traducciones que extrae del ciberespacio y que, en algunos casos, empezaría a vomitar traducciones razonablemente decentes, armando unos frankensteins lingüísticos que te parecen de lo más desdeñables, pero que incluso tus colegas más respetados terminarían alabando. No te advirtieron que si no te adaptabas y acogías las nuevas tecnologías terminarías quedando atrás y que la magia está en lograr que esas tecnologías te beneficien principalmente a ti y luego, de ser posible, a tu cliente.

Y ya que hablamos de clientes, no te dijeron que un cliente alguna vez podría quejarse de que no tradujeras «todas las palabras del original». No te dijeron que, por más que te esmeraras por ser de los buenos o de los decentes, muchos clientes no sabrían hacer la diferencia entre un buen y un mal traductor, y lo cierto es que no tienen la culpa. No te dijeron que tendrías que poner mayúsculas iniciales en todos los títulos de tu traducción porque así le gusta al cliente. No te dijeron que el cliente difícilmente sabrá la diferencia entre década y decenio y que lo más probable es que si su texto dice decade querrá a toda costa que el tuyo diga década.

No te dijeron que había una legión de traductores que salen disparando mayúsculas porque «así estaba en el original» y que eso al cliente generalmente le gusta porque le da confianza, o mejor (peor), no le obliga a tener que confiar demasiado en su traductor, pues si se «parece» al original, muy mal no ha de estar. No te explicaron que muchos de esos traductores se habrían formado en instituciones poco escrupulosas que funcionan como empresas y están más preocupadas de su solvencia económica, porque así funciona el mundo hoy.

Y es que ahí está problema: te enseñaron a traducir, pero no te enseñaron a seguir siendo traductor quince años más tarde.