Sin rueditas: mi primera vez como intérprete simultáneo

Al igual que en la traducción profesional, convertirse en un buen intérprete simultáneo es un cometido arduo que no debe tomarse a la ligera, pues requiere años de práctica, y hablar bien —muy bien— las lenguas con las que se va a trabajar es apenas un requisito entre tantos otros. Dicho esto, juzgar la calidad de una interpretación es, creo yo, una tarea mucho menos subjetiva que evaluar la calidad de una traducción: se entiende o no se entiende, es fluida o no lo es. La labor del intérprete reviste un aspecto estético más evidente y tiene una función más pragmática, al menos a primera vista (mejor dicho, a primera escucha) que la traducción. Un intérprete simultáneo tiene la suerte y la desdicha de que su trabajo es más transparente: basta con escucharlo trastabillar sobremanera, incurrir en silencios muy prolongados o acumular frases incompletas para saber que algo no anda bien. Peor aún: el intérprete puede verse sobrecogido al punto de quedar mudo. Y ahí no hay glosario o investigación que lo salve: el fracaso es inmediato y patente.

Con esa idea en mente enfrenté mi primer trabajo de interpretación simultánea, en Chile. Tenía ganas, sentía que podía hacerlo y conocía la historia de varios colegas que habían empezado su carrera como traductores y, acatando los designios del destino, con el tiempo se habían convertido en excelentes intérpretes. Si bien la traducción y la interpretación requieren habilidades completamente distintas, yo había egresado de una escuela que había desarrollado su método traductológico sobre la base de las funciones cognitivas de los intérpretes de conferencias. Ya estaba acostumbrado a lógica esitiana de la Teoría del Sentido, y fue precisamente el excelente libro de un profesor de la ESIT, Daniel Gile, el que me ayudó a prepararme para la ansiada y temida fecha en que haría mi estreno en cabina para interpretar una ponencia sobre psicología. Un librito excelente, recomendado y prestado por mi socio, quien tenía muchas horas de interpretación a cuestas y compartiría la cabina conmigo, lo cual me daba bastante tranquilidad. En caso de caída libre, mi colega sería mi paracaídas y evitaría una catástrofe, so pena de terminar con el cerebro fundido: si los intérpretes trabajan en pareja, relevándose cada veinte minutos, es por algo, e interpretar una o más horas de corrido es una práctica que pone en riesgo tanto la calidad del trabajo como la salud del intérprete. La idea era, obviamente, ahorrarle ese suplicio. Ya tenía el paracaídas, ahora faltaba lo demás.

Como tocar didgeridoo

Decidido a aprender, dediqué algunas tardes a leer los capítulos del libro que más me servirían. Aprender a interpretar leyendo un libro sobre el oficio del intérprete puede parecer una broma, un poco como aprender a manejar leyendo el manual de instrucciones de un auto, pero la verdad es que me ayudó, y mucho. Me ayudó a entender, por ejemplo, la forma en que el intérprete usa su memoria a corto plazo como un búfer donde va almacenando parte del mensaje que le tocará traducir unos segundos más tarde, apenas termine lo que ya está traduciendo. También fue útil leer sobre las distintas etapas del proceso interpretativo y entender que lo más importante es saber manejar los tiempos, es decir, la cantidad de memoria temporal que se asigna a cada etapa: el tiempo reservado para escuchar al orador antes de ponerse a traducir, el tiempo que se dedica al esfuerzo de traducción propiamente tal y el tiempo destinado a verbalizar la traducción mientras se va liberando parte de la memoria para empezar a registrar la frase siguiente del orador. Es como aprender las técnicas de respiración circular para tocar didgeridoo. Visualizar todo ese proceso fue una verdadera revelación.

Otro aspecto muy importante, que puede sonar un tanto obvio pero que nunca está de más recordar, es que el intérprete de cierta forma traduce «lo que puede»; es decir, lo importante es que el receptor reciba el mensaje de manera coherente, y más vale seguir con la idea siguiente que quedarse atascado en un término que no quiere despegarse de la punta de la lengua. Se da por sentado que traducir un discurso no significa reproducir en otra lengua todas las palabras que lo componían en el idioma original y que el acto de interpretación implica poner en práctica un gran poder de síntesis sin que ello signifique un menoscabo del mensaje. Ahí es donde el oficio del intérprete presta al traductor la concepción esitiana del proceso traductológico y lo libera de las ataduras falaces del literalismo que caracteriza las malas traducciones, y que Juan Manuel Martín Arias resumió con envidiable claridad en su bitácora:

[Hay] una concepción errónea (e infantil) de la traducción […] [que] hace que el traductor considere que solo hay traducción si se traduce cada palabra del inglés por una palabra española, y, cuando esto no es posible, se recurre sin miramiento alguno al calco descarado del inglés. El resultado es una traducción lamentable, pero no importa, porque se ha conseguido lo que se buscaba: una palabra del inglés = una palabra del español.

Practicar con Terence McKenna

Una vez comprendido esto y liberado de la obligación de traducir absolutamente todo para concentrarme en lo fundamental, faltaba lo más importante: practicar. Alguna vez me habían recomendado un sitio donde podría escuchar conferencias de la ONU y practicar solito, así como este excelente portal con distintos tipos de ejercicios para el intérprete de conferencias en ciernes. Sin embargo, se me ocurrió que sería más inteligente practicar con un tema que me apasionara y que yo conociera bien, para que la tarea resultara más placentera y alentadora; un tema, por qué no, que tuviera relación con mi tesis de maestría (que en realidad no era una tesis, sino un trabajo de investigación terminológica), titulada Las técnicas arcaicas del éxtasis: chamanismo y alucinógenos. Esa había sido mi forma de conciliar obligación y placer, pues mientras mis colegas se entregaban con tedio y resignación al estudio de manuales técnicos para elaborar glosarios sobre rodamientos de bolas o maquinaria textil, yo devoraba las obras de Mircea Eliade, Reichel Dolmatoff, Jonathan Ott, Jeremy Narby, Stanislav Grof, Aldous Huxley y Daniel Pinchbeck, entre otros. Y ahora, catorce años después de aquellas lecturas iniciáticas, se me ocurría que los seminarios del excéntrico Terence McKenna me venían como anillo al dedo: además de cautivantes y familiares, salían de la boca de uno de los oradores más hábiles e hipnotizadores que conozco. Pocos hablan con la claridad, la parsimonia, la erudición, el humor y la chispa de un Terence McKenna. Me esperaba una misión difícil que requería mucha dedicación, y si no me motivaba con Terence, no me motivaría con nada.

Pasé una semana ejercitándome todos los días con uno de mis videos favoritos de McKenna, y el resultado fue lo suficientemente satisfactorio como para convencerme de que todo iba a salir razonablemente bien y que mi colega saldría de la cabina con el cerebro ileso. La última parte de mi preparación fue la más obvia: tras recibir el texto de la ponencia, lo traduje enterito y lo leí hasta la saciedad —qué digo, hasta la náusea—. Elaboré un esquema de la estructura de la presentación para visualizar su evolución lógica y confeccioné un glosario con los términos más o menos novedosos, aunque era un texto bastante simple y no representaba una gran dificultad para el público lego. Con todo, llegado el día del gran estreno, yo había estudiado y ensayado tanto la ponencia que ya me la sabía de memoria, y bien podría haber hecho yo la presentación y haberle ahorrado el trabajo a la ponente. También tuve la suerte de que la autora fuera una italiana y que, como buena italiana, articulaba cada sílaba con un ahínco que solo el característico histrionismo italiano permite, sumado seguramente a una voluntad consciente de expresarse con claridad. Todo salió inesperadamente bien considerando que el público era chileno, las ponencias eran en inglés y los oradores eran una italiana y un estonio con sueño.

Sin rueditas

Pasados los primeros cinco minutos de nerviosismo, todo fluyó como por arte de magia. Interpreté sin mayores percances, casi automáticamente y sin pensar demasiado en lo que hacía, aunque con la tranquilidad de tener frente a mis ojos mi propia traducción de la ponencia y con la seguridad de que mi colega vendría a mi rescate en caso de mudez repentina. Tuve la suerte de que mi ponencia fuera la más simple, a diferencia del estonio a quien interpretó él. De hecho, hasta ahora recuerdo lo pasmado que quedé ante la facilidad que demostró mi colega no solo para entender frases enrevesadas que parecían salidas de la boca de un borracho sino además ir traduciéndolas y, al mismo tiempo, buscar algún término en internet y poner atención a la frase siguiente. Ahí tuve una demostración clara de que estaba a años luz de eso. Mientras él volaba al micrófono y capeaba la tormenta sin dificultades, yo avanzaba con la euforia y la aprensión de un niño que se sube por primera a una bicicleta sin rueditas.

Recuerdo como si fuera ayer esa tarde de verano en Montevideo, cuando tenía unos cinco años, en que salí a dar una vuelta en bicicleta y por una fracción de segundos logré avanzar sin que las rueditas laterales tocaran el suelo. De pronto, la revelación: mi cuerpo había sentido el equilibrio y era hora de deshacerse de las rueditas. Esa sensación de comprender lo que era equilibrio jamás se me olvidará. Me bajé de la bicicleta y me senté a esperar pacientemente a que llegara mi padre del trabajo, y sin titubear le pedí que quitara las rueditas. Creo que me preguntó si estaba seguro y le dije que sí. En cabina tuve una sensación similar que me proyectó a ese episodio de mi infancia: algo en mí entendió los mecanismos de la interpretación simultánea. Ese día me llevé a casa la sensación de un engranaje que se había echado a andar y que ahora solo faltaba lubricar con mucha práctica. Aquel día me subí a la bici por primera vez y anduve sin rueditas. Y no me caí. Me fracturé la clavícula años después, en otra bicicleta, pero esa es otra historia…