Orgías ortotipográficas en el mundo de los obsesivos compulsivos

Aldous Huxley plasmó en una deliciosa frase, en su novela Island, lo que para mí constituye una receta de la felicidad y acaso lo único que le da sentido a nuestro breve paso por este mundo: «By being fully aware of what you’re doing, work becomes the yoga of work, play becomes the yoga of play, everyday living becomes the yoga of everyday living». Y quienes hayan visto la serie Chef’s Table de Netflix tienen ejemplos reales y muy bien documentados de lo que quiso decir Huxley. Lo he visto en las cocinas de los amigos chefs y en los estudios de los amigos músicos. Y ahora lo veo en el trabajo de empresas que no escatiman en recursos editoriales para presentar sus productos con el mismo cuidado con el que lo desarrollaron.

 

Legiones de idiotas

Que a nadie le quepa duda: estamos en una era en que los periódicos recortan sus gastos prescindiendo de lo más valioso que puede tener un diario (editores, correctores de estilos y correctores de pruebas) y vomitan en la red sus textos incomprensibles (abra al azar cualquier página de cualquier periódico chileno y sabrá de qué hablo), donde el lema es «basta con que se entienda» o «lo importante es comunicar», como si la comunicación humana no tuviera derecho a la calidad. Una era en que, según declaraciones del entrañable Humberto Eco, «las redes sociales les dan derecho de palabra a legiones de idiotas».

Y como vivimos cada vez más pegados a la pantalla del computador, el silogismo es evidente: vivimos, lo queramos o no, cada vez más en el mundo de los idiotas. En ese mundo no importan las comas ni el uso de las mayúsculas, y quien reprocha una mayúscula insensata después de los dos puntos es un maniático o tiene la mala costumbre de «hilar demasiado fino», pecado del que ya acusaron a este servidor en alguna una ocasión, sin saber que constituía el mejor de los elogios. Ya veo a mis amigos con los pelos de punta prometiéndose nunca más escribirme un correo por miedo a ser tácitamente reprendidos por estos ojos inclementes, temor que más de uno ya me ha confesado sentir. Temor exagerado, les aclaro, pues una comunicación informal entre amigos no es lo mismo que una publicación destinada a un público masivo, y los criterios en ambos casos son muy distintos. En otras palabras: me importa un comino que no abras tus interrogaciones con el signo correspondiente en un correo electrónico. Me molesta sobremanera que lo hagas en tu tesis de doctorado o en una campaña publicitaria.

Me molesta, y creo haberlo dicho hasta la saciedad, que las comas y las tildes se entreguen sin pudor alguno a una orgía tipográfica sadomasoquista. Me molestan los textos absurdos del periódico chileno La Tercera (que me empecino en leer porque a pesar de todo es un diario con buena interfaz gráfica y con una selección de noticias decente, a pesar de la mala calidad de los artículos). Y me preocupa que las personas encargadas de gestionar mi modesto patrimonio financiero se expresen por escrito, en una comunicación formal con el cliente, como lo haría un niño de ocho años:


Aunque me sobrara plata, y no me sobra, creo que dudaría antes de confiársela a este buen samaritano, pues la impresión que me da es que hackearon la cuenta de un exempleado de la corredora y la están usando para estafar a despistados. Un poco como esos correos que llegan a nuestra casilla de spam donde el vicepresidente de la sucursal de algún banco de un país lejano nos pide usar nuestra cuenta para depositar varios millones de dólares a cambio de un jugoso porcentaje para compensar nuestra buena voluntad (no se pierdan esta hilarante TED Talk al respecto). Estoy seguro de que todos ustedes reciben mensajes similares y se dan cuenta del «estilo», por así decir, estrambótico. Hay que ser demasiado ingenuo para tomárselos en serio. O como esos currículos de traductores ficticios que ofrecen sus servicios a precios irrisorios (las faltas de ortografía vienen de yapa) a pesar de tener siglos de experiencia en las instituciones más prestigiosas de la galaxia. No hay cómo tomarlos en serio, y quienes estamos al tanto de lo que sucede en nuestro caótico rubro sabemos de sobra que son mensajes falsos en el mejor de los casos o robos de identidad en el peor. 

TOC ortotipográficos

Quien más sufre con mis trastornos obsesivos compulsivos ortotipográficos es mi esposa. No porque le ande corrigiendo los textos, sino porque, según ella, yo extrapolo mis obsesiones editoriales a todos los ámbitos de mi vida cotidiana: ando «editando el mundo», tratando de mejorar todo lo que veo a mi alrededor. No voy a entrar en detalles para no quedar en ridículo ante mis queridos lectores, pero son innúmeras las precauciones que tomo todos los días, a cada segundo de mi vida y hasta el nivel de detalle más absurdo, para evitar todo tipo de incendio, inundación, narcosis, fatiga, enfermedad, susto, sobresalto y suicidio. Precauciones que van desde fijar en cinco —y no seis— milímetros la abertura de la ventana hasta acordarme de enchufar o desenchufar tal o cual electrodoméstico en determinado momento del día por razones que muchos considerarían innecesarias, cuando no absurdas. Y cuando se trata de mejorar o solucionar algo que no funciona como me gustaría, no me faltan las ideas ni las habilidades manuales para hacer todo tipo de arreglos mecánicos y eléctricos. En esos momentos generalmente se me viene a la cabeza la misma reflexión: «Yo debería haber sido ingeniero». Aunque últimamente tiendo a pensar que me habría ido mejor como prevencionista de riesgos. 

¿Qué tiene que ver todo esto con la traducción y la edición? Más de lo que te imaginas, oh, asombrado lector. Quien detecta un peligro de incendio con solo clavar la mirada en el enchufe, si es dado a las letras también sabrá poner la mirada con la misma facilidad en la tilde faltante, en el solecismo indeseado, en el anglicismo inoportuno y en la coma intrusa. Sabrá dedicarles a los textos el mismo cuidado que un yogui debe poner en cada movimiento, en cada palabra, en cada pensamiento para que la vida se vuelva el yoga de la vida, como preconizaba Huxley. Y así, con infinita paciencia, devoción y obsesión, poniendo en práctica un sinfín de pequeños trastornos obsesivos compulsivos estilísticos y ortotipográficos, podrá trabajar los textos con el cuidado necesario para que sean lo que han de ser: una herramienta de comunicación eficaz y eficiente, que cumpla con su función pragmática y surta el efecto deseado en el lector. En mi caso, confieso que quedé descolocado con la respuesta de mi ejecutivo de cuenta de inversiones. No entiendo cómo alguien tan desordenado con las ideas y la redacción podría ser cuidadoso con mis finanzas. Por lo pronto, decidí recurrir a la competencia.