¿Qué es, al fin y al cabo, una buena traducción?

Buena traducción

Se habrán dado cuenta de que en nuestro sitio web nos arrogamos el derecho de definir las cualidades de una buena traducción. Huelga decir que esos criterios cambian de una escuela a otra, y es sabido que evaluar una traducción es una tarea subjetiva. Todo juicio sobre la calidad de una traducción puede relativizarse en función de determinados criterios lingüísticos. Hasta ahí, todo bien. Todos tenemos el derecho de tener nuestra propia visión sobre el asunto, y una buena traducción para Fulano puede ser un texto reguleque (por usar un fantástico neologismo acuñado por una exfuncionaria del Gobierno chileno) para Mengano.

El problema es cuando tratamos de explicárselo a un cliente y nos enredamos en verdades grandilocuentes que no siempre calan en la mente de alguien que nunca ha tenido que traducir un texto más o menos complejo. Nos quejamos sin parar de la ignorancia reinante en el Universo —qué digo; en el Multiverso— sobre nuestro oficio (¿o no?) y hacemos de la «educación del cliente» nuestro caballo de batalla, esperanzados de que en un futuro no tan distante los clientes entiendan de una vez por todas la importancia de destinar recursos suficientes a tan noble y difícil menester. Estamos acostumbrados de sobra a frases de tipo «es que no hay presupuesto» o «no necesitamos algo tan sofisticado/prolijo/bien hecho/[agregue el calificativo que más le sea familiar]» y nos lamentamos de tener que convertirnos en encantadores de serpientes, como si no nos bastara tener que ser expertos en recursos terminológicos, informática y gestión de empresa y ser extremadamente amables, amistosos, locuaces y carismáticos —todos conocimientos y cualidades imprescindibles para que un traductor independiente se mantenga a flote en un mercado despiadado y que, desde luego, no se aprenden en la universidad—.

La mala noticia es que no nos queda otra: si queremos conquistar y acaso fidelizar nuestra propia clientela, debemos ser capaces de explicarle por qué vale la pena pagar lo que cuestan nuestros servicios sin necesariamente hacerle una clase de traductología (de esas que a muchos ya se nos olvidaron). Volvamos, pues, a esos frágiles criterios que determinan una buena traducción. Podemos perfectamente decir que una buena traducción es aquella que no «huele a traducción», que «es fluida» o «fiel al original», todas aserciones un tanto obvias que suelen caer en oídos sordos —no por mala voluntad de nuestros interlocutores, sino por tratarse de conceptos vagos y escurridizos—. Hay quienes creen que una traducción fiel es aquella que conserva la estructura sintáctica del texto original, o cuya terminología presenta una semejanza morfológica con la de la lengua de partida (he leído, ya no recuerdo dónde, una discusión absurda sobre la necesidad de aceptar el anglicismo controversial por presentar cierto matiz frente a controvertido; y no faltan quienes prefieren el anglicismo por miedo a distanciarse demasiado —supuestamente— del sentido original. Lo mismo pasa con el asumir que debería ser dar por sentado, o quizá un proverbial imaginarse o un simple suponer, pero que una especie de superstición lleva a muchos a creer que son posibilidades insuficientes, que suponer es un poco menos que assume).

Resulta que lo de la fidelidad es tan maleable que no sirve, y de hecho ya lo decía Cortázar a mediados del siglo pasado:

Sigo traduciendo las memorias de Adriano. Sigo descubriendo las secretas diferencias que hay entre los idiomas, y que trascienden el plano formal. Traducir no es buscar equivalencias. O, mejor dicho, la traducción traiciona cuanto más leal es, oh paradoja. Me explico: si yo leo en francés que Adriano se enamoró de un joven soldado y tuvo dificultades porque a Trajano también le gustaba el soldado, todo eso suena sin el menor escándalo. Apenas lo pongo en español (en un perfecto juego de equivalencias), el pasaje adquiere una grosería, una rudeza, un tono marcadamente escandaloso. Es que en realidad no se trata de la misma cosa. Una mentalidad francesa piensa un Adriano, y una mentalidad española piensa otro. No se trata ya de la resonancia especial de las palabras en cada idioma, sino de la resonancia de los sentimientos. El amor para un francés no es lo mismo que el amor para un hispanoparlante.

Pero con un cliente no podemos ponernos a elucubrar sobre los amores de Adriano, y tampoco nos sirve decirle, por más que sea cierto, que no existen las traducciones correctas, ni mucho menos las perfectas, sino que hay traducciones buenas y traducciones menos buenas, como explica con admirable claridad Xosé Castro en El Trujamán, y que las que hacemos nosotros son de las buenas porque nos damos el trabajo de realizar una investigación terminológica rigurosa, porque entendemos bien las lenguas que traducimos (y digo bien porque hay un abismo entre entender una lengua y entenderla bien, con todos sus matices idiosincrásicos, contextuales y pragmáticos), nos expresamos bien en nuestra lengua materna (not so elementary, dear Watson) y porque somos capaces de reformular el mensaje de manera concisa y natural en nuestra traducción para lograr el efecto deseado.

El efecto deseado: he aquí nuestra piedra filosofal. A quienes estudiamos en la ESIT nos enseñaron —mejor dicho, nos grabaron a fuego en el lóbulo frontal— que una buena traducción es «aquella que causa la misma impresión que el texto original en el lector». En otras palabras: la que cumple a cabalidad la función pragmática del texto, puerto de partida y de llegada de la Teoría del Sentido, desarrollada por eméritos profesores de la ESIT hace ya varios decenios. En la ESIT nos inculcan (por decir lo menos) que el traductor debe actuar en forma similar al intérprete simultáneo en su proceso de desverbalización y reformulación del mensaje con sus propias palabras, rescatando, claro está, la terminología original y logrando, en un acto de malabarismo lingüístico, imitar el estilo del autor del texto original, pero adaptándolo al público receptor de la traducción. Fácil, ¿no? No. Nada más difícil. De solo pensarlo me da vértigo. ¿Reverbalizar el mensaje con nuestras propias palabras pero respetando el estilo del original? ¿Para provocar el mismo efecto en el lector de la traducción? Sí, tal cual. Eso es traducir, y ese es nuestro norte, nuestro mantra: provocar el mismo efecto en el lector de la traducción.

¿Cuántos de ustedes han visto en películas (mal) subtituladas la advertencia «te patearé el trasero»? Eso no es una traducción; es un calco. Que yo sepa, en Chile, en Uruguay, en Argentina, en Colombia o en Cuba nadie dice «te patearé el trasero». Somos más propensos a partir caras, sacar la cresta, dar una paliza, romper los dientes y otros tantos actos poco amistosos, pero nadie patea traseros por estos lados del hemisferio. Tanto es así que hasta hoy me suena a broma. Como si no lo dijeran en serio, pese a que las más de las veces I’ll kick your ass es una amenaza muy seria. Se traiciona la función pragmática, el objetivo mismo de la comunicación, pues el receptor del mensaje (y de la posible patada en el trasero) difícilmente se sentirá tan amenazado como debería. Seamos sinceros: una patada en el trasero no es algo tan doloroso. Otra cosa es que nos rompan los dientes. Y así, lo que debía ser una amenaza podría dar la impresión de ser una broma. Si una frase nos sonsaca una lágrima su traducción no debe hacernos reír. Si unas líneas buscan conquistarnos, no pueden escandalizarnos. Y si make a scene significa ‘hacer un escándalo’, convengamos que hacer una escena no significa nada, a menos que estemos hablando del rodaje de una película.

Recuerdo la traducción Los diarios del ron, del maestro Hunter Thompson, donde el autor escribe un telegrama a un colega para instarlo a aprovechar una oportunidad laboral en Puerto Rico con las siguientes palabras (más o menos): «Trabajo fácil. Sueldo ridículo». No sé ustedes, pero yo me esfuerzo a diario por no vivir con un sueldo ridículo, porque para nosotros un sueldo ridículo es magro, ínfimo, pequeño… todo menos su sentido figurado en inglés, que equivale exactamente a su antónimo. Estamos frente a un error grosero de traducción —un ejemplo un tanto fácil—, pero convengamos que el efecto que provoca en el lector es completamente distinto: estupor en el lector atento y simple confusión (o peor: búsqueda de razones ocultas ante tan extraña invitación) en el lector menos perspicaz.

Bueno, empecé tratando de explicar qué es una buena traducción y heme aquí hablando de malas traducciones. Quizá sea más fácil. Quizá estemos condenados a adoptar un enfoque estructuralista y definirnos por nuestro valor negativo. Nuestras traducciones son de las buenas porque no son de las malas, cuyas características son más fáciles de explicar e ilustrar. Quizá esa sea nuestra herramienta más eficaz. O quizá yo soy demasiado criticón (conozco a varios que acaban de sonreír y asentir con cierta socarronería. No crean que no lo sé). Pero al menos ya he dicho lo más importante, que acaso podría ser útil para los colegas que nunca hayan escuchado esta máxima típicamente esitiana, este salvavidas traductológico que nos mantiene a salvo de la deriva literalista: la buena traducción es aquella que causa el mismo efecto en el lector. Con o sin patada en el trasero. Ojalá sin.