Dos pecados que un traductor profesional nunca debe cometer

La traducción profesional es un poco como la gastronomía: es un trabajo artesanal, donde combinamos cuidadosamente los ingredientes (buen conocimiento de la lengua y la cultura de origen; buena redacción y amplio vocabulario en la lengua de destino; un manejo adecuado de la sintaxis; gramática, ortografía y puntuación impecables…) para obtener textos de calidad que expresan la misma intención que el texto original y producen el mismo efecto en el lector. El chef de cocina hace preparaciones más o menos complejas para deleitar a sus comensales, siempre preocupado del sabor final y de cómo la combinación de determinados ingredientes hará reaccionar su paladar. No es lo mismo que limitarse a contar y juntar granos de arroz, hervirlos y luego cobrar por la cantidad de granos servidos. No es lo mismo cobrar por un montón de palabras regurgitadas de prisa que cobrar por una buena traducción. Y eso, como bien sabemos, suele ser lo más difícil de explicar a los clientes. Aquí es donde se nos acaban las posibilidades de toda analogía culinaria, pues mientras el chef trabaja para los sentidos, el traductor profesional trabaja para el intelecto, y es mucho más fácil juzgar el sabor de una preparación culinaria con los sentidos que la calidad de un texto con el intelecto. Si el pescado está podrido, el comensal se dará cuenta tarde o temprano (y más vale que sea temprano), pero nuestros clientes no siempre saben distinguir una buena traducción de un texto calcado palabra por palabra, y cuando no saben, es normal que no quieran invertir en una buena traducción.

En algunas ocasiones hubo clientes que nos preguntaron por qué nuestras tarifas eran más elevadas que las de otros traductores. En otras (las menos, hay que reconocerlo) derechamente se quejaron de que cobrábamos demasiado, lo cual puede ser una forma muy poco educada de regatear o de rechazar una cotización. Que uno cobre caro es una cosa, que cobre «demasiado» es otra: significa que cobras más de lo que deberías. En otras palabras, tu trabajo no vale lo que crees que vale. Puede ser un insulto, y recomiendo evitar ese tipo de juicio de valor en cualquier tipo de negociación (así como nosotros debemos ser cautos a la hora de criticar un texto que nos mandaron para que coticemos la traducción, pues hay cierta probabilidad de que nuestro interlocutor sea el autor del texto). Y en otras ocasiones, más hacia el centro del espectro de reacciones, hubo clientes que simplemente nos dijeron que su presupuesto no alcanzaba, y acaso preguntaron si no había una forma de cobrar menos.

 

Nadie cobra «demasiado»

A los primeros se les respondió que nuestras tarifas corresponden al tiempo, el cuidado y la dedicación que ponemos en nuestro trabajo, considerando que somos traductores profesionales con una sólida formación académica y muchos años de experiencia a cuestas. Nuestras traducciones a lo mejor valen un poquito más de lo que cobran muchos traductores porque entendemos muy bien lo que traducimos (y cuando no, preguntamos o investigamos hasta entender), tenemos los conocimientos y la sensibilidad cultural, por así decirlo, necesarios para saber cómo hay que decir las cosas según el público que nos lee o nos escucha, y somos bastante obsesivos con la calidad de la redacción y el respeto de las normas de ortotipografía (con lo cual nuestros textos no están plagados de errores como los que abundan en los sitios web de muchas empresas de traducción que hemos visto por ahí). En fin: nos gusta pensar que somos buenos en lo que hacemos.

A los segundos generalmente no se les responde, puesto que el tono de su correo tampoco suele invitar a hacerlo. Quizás cobremos más de lo que el cliente puede pagar, pero eso no significa que cobremos demasiado. Son cosas muy distintas. Y a los terceros les decimos que es una lástima, y que si siguen buscando probablemente encontrarán alguien que preste servicios casi tan buenos como los nuestros a un precio más acorde a su capacidad financiera. El mercado es grande: tanto la oferta como la demanda abundan y las medias naranjas siempre terminan por encontrarse. Ahora bien, si su presupuesto no está tan alejado del valor que pedimos, tratamos de ver cómo podemos llegar a un acuerdo que nos convenga a todos. Podemos hacer excepciones y cobrar un poco menos si el plazo es muy holgado y el tema nos interesa por la razón que sea (intelectual o ética, por ejemplo). Siempre se puede hacer algo si hay buena voluntad y ambas partes son realistas en cuanto a sus expectativas. Hay dos cosas, sin embargo, que ningún traductor profesional (o empresa de traducción) debería hacer: otorgar descuentos por volumen y descuentos por repeticiones.

 

La bendición de las herramientas CAT… y la falacia del descuento por repeticiones

Pedir descuentos por repeticiones, o fuzzy match, es práctica común entre las agencias de traducción al tratar con sus traductores freelance. Básicamente, funciona más o menos así: tienes una herramienta de traducción asistida (CAT, en su sigla en inglés), como Trados SDL, Wordfast o Déjà Vu, por mencionar las más conocidas, que va guardando todas las traducciones que haces y, cuando vas a traducir un texto nuevo, te muestra las frases similares que ya tradujiste antes, así puedes «reciclarla». También te va mostrando los términos que fuiste agregando a tu base terminológica. Es una herramienta maravillosa para garantizar la homogeneidad terminológica e incluso el estilo, puesto que puedes hacer búsquedas de fragmentos de texto para ver cómo tradujiste tal o cual expresión hace cinco años. De esa forma, el traductor puede ofrecer un servicio personalizado, con la terminología propia del cliente e incluso sus preferencias estilísticas. Son herramientas que benefician tanto al traductor (que puede hacer su trabajo más rápido) como al cliente (que tendrá resultados más homogéneos). Las herramientas CAT tienen muchas más funcionalidades útiles que nos ayudan a hacer nuestro trabajo de la mejor forma posible, como el control de calidad (que revisa si efectivamente usamos la terminología que tenemos en la base, si las cifras que tenemos en la traducción son las mismas que las del texto fuente, y un largo etcétera.). La única desventaja, en mi humilde opinión, es que los traductores novatos tienden a hacer traducciones mucho más literales porque van traduciendo frase por frase, puesto que la herramienta divide el texto por frases para ir guardando las traducciones en la memoria, y muchas veces son incapaces de tener una visión más holística del texto y darle la cohesión que necesita. Pero eso es algo que se puede aprender a evitar con el tiempo, y sin duda es algo que sabemos evitar los dinosaurios que no usábamos ese tipo de herramienta hace veinte años, cuando aprendimos a traducir y tuvimos nuestros primeros clientes.

Hasta ahí, todo bien. El verdadero peligro surge cuando las agencias de traducción, por ahorrarse unos centavos, se niegan a pagarles a los traductores las frases que se repiten. Pongamos el ejemplo de un manual de instrucciones que contiene una advertencia de seguridad que se repite unas veinte veces: es muy común que la agencia le diga a su traductor que solo le va a pagar una vez esa frase, porque las otras diecinueve veces es la herramienta la que va a rescatar la traducción de la memoria. Es un poco como si un restaurante pagara a sus cocineros por tipo de plato cocinado y no les pagaran los platos que se repiten. Si van a hacer veinte tortillas, batan todos los huevos de una vez y nosotros les pagamos una tortilla. Las otras diecinueve las hizo el horno (o el sartén, en realidad). Nosotros somos una agencia y nunca les hacemos eso a nuestros traductores. Aunque nuestra hipotética advertencia se repita veinte veces, las veinte veces aparece en contextos distintos, y debemos cerciorarnos de que funcione en ese contexto y de que siga siendo la traducción más adecuada. Aunque la herramienta nos ahorre el trabajo de reescribirla entera, no deja de haber un trabajo de traducción, puesto que tenemos que ver el texto como un todo. Ya lo hemos dicho antes: traducimos textos, no palabras. Y si les exigimos a nuestros traductores que nos entreguen una traducción acabada, coherente y uniforme en cuanto a terminología, y, de nuestro lado, la revisamos cuidadosamente para entregarle al cliente un texto listo para publicar, sería cuando menos absurdo no pagarle al traductor por algunas frases o palabras que se repiten —y no cobrárselas al cliente—. Dicho de otro modo: la próxima vez que vayas a un restaurante pregúntate si tendrías la desfachatez de decirle al mesero que vas a pagar la mitad de lo que cuesta el plato porque todos los granos de arroz son iguales.

 

El (tristemente) famoso descuento por volumen

Otra situación a la que nos vemos expuestos por igual tanto los traductores autónomos como las agencias son los descuentos por volumen que a veces nos piden. Por alguna razón hay clientes que creen que por trabajar más debemos cobrar menos. Y por alguna razón hay traductores que concuerdan. Pero hay un problema fundamental en esa lógica: el descuento por volumen es una práctica que viene de las fábricas y nace del concepto de apalancamiento operativo, donde el aumento de la producción conlleva un aumento exponencial de los ingresos debido a que los costos fijos aumentan menos que los costos variables. En otras palabras, mientras más produces, más barato te sale producir cada unidad porque el arriendo del galpón donde está tu fábrica (entre otros costos fijos) se mantiene igual. Ergo, más ganancias obtienes. Es decir, cada unidad de producción adicional significa una reducción en los costos fijos y un aumento de las ganancias. Pero nosotros no somos una fábrica, somos seres humanos con una capacidad finita de trabajo. Cada página extra que traduzcamos significa más trabajo, más horas con el trasero pegado a la silla, más neuronas quemadas, más cansancio, más ingesta de alimentos y consumo de servicios como luz y agua… no menos costos fijos. Y hay otro detalle fundamental que muy pocos toman en cuenta: significa más tiempo dedicado a un solo cliente, lo cual, lejos de ser una garantía, es un tremendo riesgo, puesto que disminuye la posibilidad de incrementar nuestra cartera y, por lo tanto, de diversificar los riesgos de quedarse sin trabajo. Equivale a poner todos los huevos en una sola canasta. Al traductor freelance le conviene tener varios clientes para evitar los tiempos muertos. Es un equilibrio delicado. Acaso dedicarle un mes entero a un proyecto debería ser motivo de tarifas mayores, no menores. La próxima vez que te pregunten si puedes otorgar un descuento por traducir un documento que te va a costar tres meses de sudor, pregúntate si realmente tienes ganas de trabajar más por menos, porque eso es lo que te están proponiendo. Y si te piden un descuento porque te van a mandar trabajo durante varios meses, pregúntate si quieres ganar menos de lo que crees que merecerías durante todos esos meses. Pregúntate si aceptarías reducir tu sueldo si te dijeran que en los próximos meses ya no vas a preparar platos para treinta comensales, sino cien.

¿Te suena raro que el dueño de una agencia denuncie abiertamente prácticas que, en última instancia, beneficiarían a su empresa? Es muy simple: en Filigrana Traducciones somos ante todo traductores e intérpretes profesionales. Sabemos el esfuerzo que requiere producir una buena traducción y estamos muy orgullosos del trabajo que hacemos. Nos gusta pagar bien y trabajar con traductores contentos y que hagan bien su trabajo. Y lo que siempre digo: competimos en términos de calidad y dedicación, no en términos de precios. El que quiera un plato bien preparado tendrá las puertas de nuestra cocina siempre bien abiertas. Nunca servimos cabezas de pescado ni mucho menos pescado podrido. Y el arroz de microondas se lo pueden preparar en casa, ¿no?

Ney Fernandes, 07/2020

Ney Fernandes es cofundador de Filigrana Traducciones. Es traductor de francés, inglés, portugués e italiano al español y corrector de estilo y ortotipografía en español. Sus especialidades son la transcreación de material de marketing, la astronomía, la economía y la minería.