Técnica de meditación zentraductológica para el traductor en ciernes

Una de las buenas cosas que aprendí durante mi paso por la ESIT (uy, no, ahí viene el pelotudo elitista a hablarnos una vez más de su alma mater) fue a estar siempre atento al mundo que me rodea. Mejor dicho, a las palabras. Tuvimos una excelente profesora que nos exigía llegar a clase con un ejemplo de algo que hubiéramos visto por ahí y que nos hubiera llamado la atención. Podía ser cualquier cosa: una frase en un programa de tele, un letrero en el metro, un aviso en la radio, el manual de instrucciones del reproductor de VHS (sí, VHS, no se burlen) o los subtítulos de una película. La idea era llegar con un ejemplo de algo que nos hubiera parecido mal traducido o, mejor aún, que nos pareciera difícil de traducir. Lo que empezó como un ejercicio aparentemente banal fue calando cada vez más hondo en la mente obsesiva de este servidor, y como los astros saben alinearse cuando tienen que hacerlo (que valga la tautología), ese mismo año llegó a mis manos, ya no recuerdo cómo ni por qué, la novela Corazón tan blanco, del escritor español Javier Marías. En ella, el protagonista, un traductor e intérprete profesional, en un momento cuenta cómo el vicio profesional lo obliga, casi a pesar suyo, a traducir constantemente para sí mismo, silenciosamente, las conversaciones que va escuchando en el transporte público. Lo cierto es que ya no recuerdo con claridad la trama ni mucho menos el desenlace de la novela (no porque fuera mala, porque no lo era, sino por mi pésima memoria literaria), pero ese pasaje me marcó, al igual que la obligación de llegar siempre a clases con algún ejemplo, ojalá intrigante o divertido, para complacer a la profesora y brindar a mis colegas material de reflexión durante algunos minutos. Más bien horas, ahora que lo recuerdo, porque con esa profesora éramos capaces de pasarnos varias horas tratando de solucionar un problema de traducción o buscando la mejor equivalencia de un término en un determinado contexto. No es broma.

Javier Marías - Corazón tan blanco

 

Había nacido, pues un monstruo. Un monstruito, digamos: un traductor principiante que tenía serias lagunas en cuanto a calidad de redacción, pero dominaba muy bien las lenguas que iba a traducir y andaba como un idiota mirando a diestra y siniestra en el metro (nunca entendí por qué el DRAE solo recogía la expresión «a diestro y siniestro», y acabo de enterarme por la Fundéu de que ya se acepta la versión femenina, la única que he escuchado en mis cuarenta años de obsesiva existencia), leyendo cuanto letrero se le cruzara, escuchando (probablemente de forma muy poco discreta y educada) todas las conversaciones ajenas que pudiera, siempre al acecho, constantemente rumiando, preguntándose a cada segundo cómo traduciría tal o cual expresión, tratando de buscarle distintas versiones, sopesando cuidadosamente cada una de ellas, exaltando silenciosamente las mejores y tratando de mejorar las peores.

En otra entrada del blog de Filigrana Traducciones, dedicada al inverosímil asunto de las orgías ortotipográficas, compartí una de mis citas literarias favoritas, sacada de la novela Island, de Aldous Huxley: «By being fully aware of what you’re doing, work becomes the yoga of work, play becomes the yoga of play, everyday living becomes the yoga of everyday living». Si queremos perfeccionar nuestro quehacer, la mejor forma es adoptar ese principio y hacer de la traducción un ejercicio cotidiano, reiterado, constante: mantener los ojos bien abiertos (y las orejas bien paradas) e ir leyendo y analizando cada cosa que veamos. ¿Está bien dicho? ¿Dice lo que quiere decir? ¿Cumple con su objetivo? Si es una advertencia, ¿advierte como corresponde?; si es una prohibición, ¿prohíbe de verdad?; si es un chiste, ¿nos hace reír? ¿Usa las palabras adecuadas, o confunde infligir con infringir, incidir con inferir (o peor: con ingerir), recurrir con acudir? ¿Le falta o le sobra alguna preposición? ¿Tiene calcos sintácticos (por ejemplo, la omisión del artículo indefinido cuando una oración empieza con un sujeto en plural) o semánticos (cuando las afecciones graves se convierten en condiciones severas y ya nadie sabe qué carajo son exactamente)? De haberlos, ¿cómo habría que corregir el mensaje para mejorarlo y que sea más eficaz?

A mi primera (única y última) alumna de traducción le pedí que hiciera el mismo ejercicio de meditación zentraductológica. El primer ejemplo se lo llevé yo, y lo recuerdo a la perfección: había acabado de comprarme una lavadora y la susodicha venía con una pegatina que invitaba: «¿Tiene consultas con su lavadora? Llame al número XXXXXX». Mi alumna miró la pegatina (este dedicado profesor tuvo el cuidado —que no le costó poco trabajo— de retirarla sin romperla y llevársela para que hiciera el ejercicio; si bien el reproductor de VHS había sido reemplazado hacía poco por un reproductor de DVD, los celulares aún no tenían cámara. No se rían), pensó unos segundos, me dijo que le parecía bien, luego siguió mirando y, por fin, se le iluminó el rostro: «Ah, no, está raro eso, ¿no? Es como si uno fuera a hablar con la lavadora». Eureka. Había acabado de plantar la semilla de la paranoia traductológica en mi primera víctima. Otro matrimonio más sería puesto a prueba casi cotidianamente por la mentalidad obsesiva de uno de sus integrantes. Ese fue el primero de muchos ejercicios similares, con ejemplos que mi alumna tuvo que empezar a buscar, y creo no equivocarme si afirmo, con cierto orgullo, que ella misma terminó sorprendiéndose de las cosas que aprendió a cuestionar.

Es probable que muchos hayan escuchado de su profesor de traducción que nuestra principal herramienta es la capacidad de dudar. Y es cierto. En realidad, si lo pensamos bien, los traductores (y editores) tenemos muchas herramientas principales: la capacidad de dudar de todo lo que hacemos, saber buscar información y distinguir el grano de la paja, sobre todo en la era de la desinformación masiva, resistir a todo tipo de tentación sintáctica y semántica provocada por una familiaridad excesiva con el idioma que traducimos, tener siempre presente al receptor de la traducción y la función pragmática del texto (suena mucho más simple de lo que realmente es), entender muy bien la lengua que se traduce y escribir razonablemente bien en la lengua de destino… en fin. Para qué les voy a repetir que somos superhéroes, si lo sabemos de sobra. Pero los superpoderes se adquieren con mucho trabajo y disciplina, y una de las mejores formas de trabajar es hacerlo permanentemente, como un ejercicio de meditación, como si no fuera un trabajo, sino una necesidad básica. Como respirar. Ya se darán cuenta de que, poco a poco, se volverá algo absolutamente natural. Empezarán a dudar de todo. A corregirlo todo. A querer retraducirlo y reescribirlo todo. Temerán perder la razón, y sin embargo serán incapaces de parar. Y al final del camino no les espera ninguna experiencia trascendental, ni se convertirán en la nueva encarnación del Buda. Solo empezarán a dudar más y cuestionar lo que no vale la pena ser cuestionado. Vivirán al borde de la locura, pero serán mejores traductores. Es desesperante y hermoso a la vez. Bienvenidos.

Ney Fernandes, 05/2020

Ney Fernandes es cofundador de Filigrana Traducciones. Es traductor de francés, inglés, portugués e italiano al español y corrector de estilo y ortotipografía en español. Sus especialidades son la transcreación de material de marketing, la astronomía, la economía y la minería.

 

Técnica de meditación zentraductológica para el traductor en ciernes